Expresiones como “tengo un nudo en el estómago”, “me revuelve el estómago solo pensarlo” o “decidir según el instinto” no surgen por casualidad. Existe una conexión directa entre el cerebro y el sistema digestivo: el llamado eje intestino-cerebro.
Pero, ¿qué es exactamente el eje intestino-cerebro?
El eje intestino-cerebro es un sistema de comunicación bidireccional —es decir, que funciona en ambos sentidos— entre el cerebro y el intestino. Opera a través de vías nerviosas, hormonas, mediadores inmunológicos y productos metabólicos de la microbiota intestinal (Lu et al., 2024).
Un elemento central es el llamado nervio vago, una especie de autopista neuronal que conecta el tronco encefálico con el tracto digestivo. Se extiende desde el cerebro hasta el colon y transmite señales de ida y vuelta entre el sistema nervioso central y los microorganismos del intestino. De forma sorprendente, alrededor del 90 % de la comunicación se origina en el intestino y solo el 10 % procede del cerebro (Dicks, 2024).
También el sistema nervioso entérico (SNE), una red de más de 100 millones de neuronas que recorre la pared intestinal, desempeña un papel clave en la comunicación del microbioma. Debido a esta alta densidad neuronal y al intenso intercambio con el cerebro, el intestino también es conocido como el “cerebro abdominal” o “segundo cerebro” (Petrut et al., 2025).
¿Qué papel juegan los neurotransmisores y los mensajeros químicos?
El intestino no es solo un órgano digestivo, sino también un importante reservorio de neurotransmisores. Aproximadamente el 95 % de la serotonina del cuerpo se produce allí (Terry & Margolis, 2016). La serotonina influye en el estado de ánimo, las emociones y el ritmo sueño-vigilia.
Otras sustancias como el ácido gamma-aminobutírico (GABA), la dopamina, los metabolitos del triptófano o los ácidos grasos de cadena corta también desempeñan un papel clave en la comunicación a lo largo de este eje (Fried et al., 2021).
Cuando se producen procesos inflamatorios en el intestino, la investigación sugiere que puede alterarse la comunicación entre el intestino y el cerebro, entre otros mecanismos, a través de mediadores inmunológicos. Estos cambios se asocian en la literatura con fluctuaciones en el estado de ánimo y la concentración (Agirman et al., 2021).
¿Qué significa esto para el estado de ánimo, el estrés y la cognición?
El microbioma actúa como un regulador central: modula las respuestas al estrés, influye en los procesos inflamatorios y en la resiliencia emocional (Fried et al., 2021). A la inversa, las señales de estrés procedentes del cerebro pueden afectar a la digestión.
¿Qué podemos hacer para mantener o recuperar el equilibrio del eje intestino-cerebro?
La buena noticia es que podemos hacer mucho para mantener una comunicación equilibrada entre el cerebro y el intestino. La alimentación, la gestión del estrés y el apoyo probiótico desempeñan un papel fundamental.
¿Por qué la alimentación es la base?
Una dieta equilibrada y rica en fibra favorece la diversidad de la flora intestinal. La fibra sirve de alimento para las “bacterias beneficiosas” del intestino y ayuda a producir ácidos grasos de cadena corta, que son importantes moléculas de señalización para el cerebro.
Quienes incorporan regularmente verduras, cereales integrales, legumbres y alimentos fermentados sientan una base sólida para apoyar el eje intestino-cerebro.
¿Cómo reducir y equilibrar el estrés?
El estrés puede debilitar la barrera intestinal, favorecer la inflamación y alterar el equilibrio del microbioma. Por el contrario, prácticas como la atención plena, la meditación, el ejercicio y un descanso adecuado pueden estabilizar la comunicación. Incluso pequeñas rutinas diarias pueden tener un efecto positivo.
Apoyo probiótico
Cepas bacterianas específicas pueden ser un enfoque complementario para apoyar el eje intestino-cerebro en fases de la vida especialmente exigentes o estresantes. Los estudios muestran que determinadas cepas pueden influir directamente en esta comunicación, ejercer efectos antiinflamatorios, favorecer la producción de precursores de neurotransmisores y mejorar el estado de ánimo y la cognición (Marotta et al., 2019; Kobayashi et al., 2019).